Rodin

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Foto Karem Sánchez Noviembre 2015

domingo, 29 de mayo de 2016

Misión: Consolar y procurar el bienestar de las personas…

Para uno que  consuela, el Dr. Augusto Ramirez

Desde hace tres meses enfrento una  condición de salud que ha puesto a prueba todos mis recursos espirituales, físicos y emocionales. Una parálisis de Bell que afecta el lado derecho de mi cara. Su manifestación más visible es la deformidad que produce y que ha hecho que en ciertos espacios se me reconozca como la señora de la cara torcida. Después de la primera semana de su manifestación desapareció el dolor inicial. Solo quedó la rigidez y la asimetría facial que con los más variados tratamientos, convencionales y alternativos, además de mucha paciencia empieza a ceder. El remedio más certero para el alivio, me dicen todos, es el tiempo y la paciencia. Conversando sobre lo intempestivo de su aparición, uno de mis hijos me ha dicho que esta es mi ‘enfermedad de reflexión’. Después de casi doce semanas de sentir que navego en montañas rusas físicas y emocionales creo que él tiene toda la razón. Esta, como muchas otras enfermedades graves y no tan graves,  me ha brindado  la oportunidad de reflexionar sobre  aspectos que los afanes y trajines de la vida cotidiana normal no dejan percibir en toda su magnitud. A algunos de ellos quiero referirme en esta oportunidad.

En primer lugar,  al enorme amor, cariño, afecto, solidaridad, apoyo, paciencia y comprensión de familiares, amigos, colegas, estudiantes y conocidos. Todos con sus oraciones, voces de aliento y esperanza me han ayudado a sobrepasar los pozos profundos de la desesperación y el desaliento cuando éstos me han atacado en los momentos más difíciles. ¡Cuánto aprecio ahora como receptora agradecida el significado de cada uno de esos términos que expresan cualidades y virtudes! Las flores, tarjetas, mensajes alentadores, saludos enviados, los pensamientos… hacen parte de ese necesitado bálsamo curativo.

En segundo lugar,  lo mucho que significa en estos tiempos que corren el  poder tener acceso a una atención médica integral y oportuna. Algo que hoy, al leer las noticias en los medios de comunicación,  parece ser el privilegio de unos pocos y no de todos como debería ser al tratarse de uno de los más elementales derechos humanos: El derecho a la atención de la salud. No puedo menos que agradecer a todo el personal del Servicio Médico de la Universidad del Valle que de una manera  u otra me ha acompañado y me sigue acompañando en este proceso. Pero más allá de la oportunidad en la atención, en otorgar las autorizaciones para realizar los más variados y complejos exámenes diagnósticos y  terapias, así como para reclamar los medicamentos; lo que más  agradezco ha sido su trato humano, empático y de consuelo. Los doctores Olave, Restrepo, Paz, Díaz, Rojas,  también  la jefe Gloria, me han ofrecido sus palabras tranquilizadores cuando más las necesitaba. Me trataron como la persona y ser humano que soy y no como el número abstracto y anónimo de las historias clínicas que identifica a los pacientes en la mayoría de las  instituciones de salud de este sistema que a todas luces naufraga en la lógica del lucro y la ganancia empresarial, o de su bancarrota.

Finalmente, quiero referirme al título de esta entrada. Lo leí al azar, casi por suerte y en uno de los más tremendos momentos de angustia, en una de las paredes de Holística Medicina Integral donde el Dr. Augusto Ramírez atiende a sus pacientes con terapias alternativas como la acupuntura y la homeopatía.

En mi quehacer docente y profesional en una Facultad de Administración, son muchos los enunciados de Misión que leo como parte de la caracterización y  planeación estratégica de las más variadas organizaciones. Para escribir esta entrada revisé los enunciados de algunas entidades de salud. Las expresiones  más frecuentes son  ‘satisfacer las necesidades de salud’, ‘la competitividad, la labor en equipo, la excelencia, la humanización y dignificación de la persona’, ‘mejorar la calidad de vida’ ‘ofrecer calidad y seguridad en la atención’. Todas ellas son muy loables e importantes de llevar a la práctica. Pero solo en ésta sentí que la misión de la organización, más que un cuadro protocolario en la pared, se dirigía a mí como paciente, como ser sufriente, como ser humano: ‘Consolar y procurar el bienestar de las personas ofreciendo diferentes servicios de medicinas alternativas’.
Y en verdad, ¡Que tan importante es consolar! Como formal gramatical  que denota acción,  el verbo, en sus diferentes acepciones implica aliviar, ayudar, tranquilizar, mitigar, alentar, animar, confortar, calmar, desahogar,  serenar  la pena, el disgusto, la aflicción, la pesadumbre, el dolor, la congoja, el pesar,  la consternación o la desolación de una persona, en suma mejorar el estado anímico. En un sentido amplio y general, y no solo en lo relativo a la enfermedad física ¿Quién no requiere de consuelo, en estos días? De hecho, consolar y procurar el bienestar de los demás debería ser, en aras de nuestra condición de humanidad,   la misión de todos nosotros. Un permanente y elevado acto de altruismo y generosidad.
Puesto que consolar se relaciona con alegría y tristeza les dejo con este fragmento del querido Khalil Gibran, hoy que casi terminamos mayo.





 Los dos cazadores
[Cuento. Texto completo.]
Khalil Gibrán



Cierto día de mayo Alegría y Tristeza se encontraron a orillas de un lago. Se saludaron y se sentaron junto a las tranquilas aguas y conversaron.
Alegría habló sobre la belleza que reina sobre la tierra, del cotidiano encanto de la vida en el bosque y entre las colinas, y de las canciones escuchadas al amanecer y al anochecer.
Y Tristeza estuvo de acuerdo con todo lo que Alegría había dicho; pues Tristeza conocía la magia de la hora y la belleza de aquellas cosas. Y Tristeza habló con elocuencia cuando se refirió a los campos y a las colinas de mayo. Alegría y Tristeza conversaron un largo rato y estuvieron de acuerdo con todas las cosas que conocían.
En ese momento pasaban por la otra orilla dos cazadores. Miraron hacia la otra ribera y uno dijo:
-Me pregunto quiénes son esas dos personas.
Y el otro dijo:
-¿Has dicho dos? Yo veo sólo a una.
El primer cazador respondió:
-Pero si hay dos.
Y el segundo:
-Según veo hay una sola, y el reflejo del lago es sólo uno.
-No, hay dos -respondió el primer cazador-. Y el reflejo sobre las aguas tranquilas muestra a dos personas.
Pero el segundo repitió:
-Sólo veo a una.
Y el otro:
-Veo a dos personas, y muy claramente.
Y, aún hoy día, un cazador dice que la otra ve doble; mientras que el otro repite: "Mi amigo es algo ciego".

FIN

lunes, 22 de febrero de 2016

Hércules y la mariposa



Para A, una bailarina, una artista


El mundo no puede seguir como va. Y por mundo quiero decir los seres humanos, las relaciones entre ellos, y entre ellos y la naturaleza. No puede continuar la guerra implacable con saldos de muerte insostenibles. No puede continuar la desvalorización de la vida humana y sus realizaciones artísticas, científicas y culturales   más elevadas. No puede continuar la mercantilización de todo y de todos. No puede continuar el triunfo de la indiferencia, la apatía y el cinismo. No puede continuar la ceguera e indolencia  frente al poder transformador del amor, la compasión y la generosidad. ¡No puede continuar!

‘De poder, se puede’ dirá el cínico. Sí, es verdad. Pero esta vez lo que está  en riesgo es el reconocimiento de la naturaleza noble y superior del ser humano, la supervivencia de la especie humana  y del planeta en que habita, entre muchas otras cosas ¿Podemos darnos el lujo de seguir por la senda actual? Difícilmente. Quienes coincidan con este punto de vista inevitablemente resultarán preguntándose ¿Cuáles son, entonces, las posibilidades del cambio? ¿En manos de quién está? ¿De otros y no de nosotros? ¿De cada uno?

Las muchas posibles respuestas a estos interrogantes pueden agruparse al menos en dos grandes vertientes. La primera es aquella que descarga toda la responsabilidad en un abstracto  e indeterminado ‘otros’ alejando así la posibilidad de acción del ámbito individual y personal. Cambiar el mundo y transformarlo es tarea de otros: Los que se encuentran en los ámbitos de poder (político, económico, financiero, administrativo) y pueden tomar las grandes decisiones.  Son  los poderosos, quienes como hábiles titiriteros de este gran teatro, pueden manejar los hilos de una humanidad aparentemente inerme, inconsciente y subordinada.

Una segunda vertiente, resuena y recoge un cierto sentido de impotencia en el cual las voces de quienes se expresan, apabullados  por la magnitud de la tarea,  apuntan  a destacar su inferioridad  en número,  en  alcance e influencia de cara a  los prevalecientes  ámbitos de poder. De estas consideraciones solo resulta la parálisis, la inacción. Pareciera entonces que nos encontramos en la sin salida. ¿En dónde se encuentran los héroes destinados para acometer tan grandes hazañas, imposibles a toda luz?

Tal vez Hércules, el mítico héroe griego, evoca  el mejor ejemplo de quien logra lo imposible, lo sobrehumano. En razón del capricho de los dioses del Olimpo se ve obligado a elegir entre el vicio y la virtud, optando por ésta última. Sujeto de la ira de Hera, se ve condenado a cumplir penitencia por un terrible crimen cometido: los famosos doce trabajos de Hércules. Vencer lo invencible, modificar lo inmodificable, lograr lo imposible gracias a su extraordinaria fuerza,  potencia y astucia. No en vano llega hasta nuestros días el adjetivo ‘hercúleo’ para referirnos a aquello que exige un esfuerzo más allá de lo humano.  

Pero ¿Será definitivo que las grandes transformaciones y cambios se producen solo gracias a las poderosas fuerzas de ese abstracto ‘otros’? ¿Qué papel el común de los mortales,--que somos todos, estamos llamados a desempeñar? No acepto como respuesta a este interrogante ‘ninguno’.

Según la teoría del caos, bajo ciertas condiciones un pequeño cambio puede generar grandes transformaciones. Bien lo ilustra Ray Bradbury en su fabuloso cuento el Ruido de un Trueno[1]. En este sentido, resulta inspirador el  antiguo proverbio chino del cual toma su nombre el llamado efecto mariposa: “el aleteo de las alas de una mariposa puede provocar un Tsunami al otro lado del mundo".  Esta imagen destaca las posibilidades de las pequeñas acciones como generadoras de grandes cambios.

Me resulta inevitable pensar en el texto de los Escritos Sagrados Bahá’is: “El mejoramiento del mundo puede ser logrado por medio de hechos puros y hermosos por medio de una conducta loable y correcta”. Esta es, en verdad, una forma del batir de las alas de la mariposa al alcance de todos. Aunque a veces hasta este  batir de las alas de una mariposa puede resultar una labor hercúlea. Pero ciertamente, vale la pena, produce su efecto y contribuye a la transformación.

 Foto: Karem Sánchez

                                                       



[1] http://www.xtec.cat/centres/a8031034/DEPARTAMENTS/LLENGUA_I_LITERATURA_CATALANES/PEPPARE/documents/Ray%20Bradbury%20-%20El%20Ruido%20de%20un%20Trueno.pdf

viernes, 15 de mayo de 2015

Porque su duración es diferente: El tiempo




Pensando en Jenny


Es raro. Mientras nos sale al encuentro, nos lleva en su torrente y  nos permea, sentimos el tiempo diferente. La eternidad de un segundo, lo efimero de un hora. El cambio de las cosas que nos permite reconocerlo. El tiempo... sempiterno, implacable, fugaz. 


Con el tiempo aprendes

Jorge Luis Borges

Con el tiempo aprendes la sutil diferencia que hay entre tomar la mano de
alguien y encadenar un alma.

Con el tiempo aprendes que el amor no significa apoyarse en alguien y que la compañía no significa seguridad.

Con el tiempo...empiezas a entender que los besos no son contratos, ni los
regalos promesas.

Con el tiempo aprendes que estar con alguien porque te ofrece un buen
futuro significa que tarde o temprano querrás volver a tu pasado.

Con el tiempo...te das cuenta que casarse solo porque "ya me urge" es una
clara advertencia de que tu matrimonio será un fracaso.

Con el tiempo comprendes que solo quien es capaz de amarte con tus
defectos, sin pretender cambiarte, puede brindarte toda la felicidad que deseas.

Con el tiempo te das cuenta de que si estas al lado de esa persona solo por acompañar tu soledad, irremediablemente acabarás no deseando volver a
verla.

Con el tiempo te das cuenta de que los amigos verdaderos valen mucho más
que cualquier cantidad de dinero.

Con el tiempo entiendes que los verdaderos amigos son contados, y que el
que no lucha por ellos tarde o temprano se verá rodeado solo de amistades
falsas.

Con el tiempo aprendes que las palabras dichas en un momento de ira pueden seguir lastimando a quien heriste, durante toda la vida.

Con el tiempo aprendes que disculpar cualquiera lo hace, pero perdonar es
solo de almas grandes...

Con el tiempo comprendes que si has herido a un amigo duramente, muy
probablemente la amistad jamás volverá a ser igual.

Con el tiempo te das cuenta que aunque seas feliz con tus amigos, algún
día llorarás por aquellos que dejaste ir.

Con el tiempo te das cuenta de que cada experiencia vivida con cada persona, es irrepetible.

Con el tiempo te das cuenta de que el que humilla o desprecia a un ser
humano tarde o temprano sufrirá las mismas humillaciones o desprecios
multiplicados al cuadrado.

Con el tiempo aprendes a construir todos tus caminos en el hoy, porque el
terreno del mañana, es demasiado incierto para hacer planes.

Con el tiempo comprendes que apresurar las cosas o forzarlas a que pasen
ocasionará que al final no sean como esperabas.
Con el tiempo te das cuenta de que en realidad lo mejor no era el futuro,
sino el momento que estabas viviendo justo en ese instante.

Con el tiempo verás que aunque seas feliz con los que están a tu lado,
añoraras terriblemente a los que ayer estaban contigo y ahora se han marchado.

Con el tiempo aprenderás que intentar perdonar o pedir perdón, decir que
amas, decir que extrañas, decir que necesitas, decir que quieres ser
amigo.... ante una tumba..., ya no tiene ningun sentido...

Pero desafortunadamente.... esto solo lo entendemos con el tiempo.


     Rio Pance, Farallones de Cali. Mayo 2015(Foto Karem Sánchez)


miércoles, 8 de abril de 2015

Desde los afectos

Hoy alguien me dio la oportunidad de encontrar este bello poema de Mario Benedetti y reflexionar...


Desde los afectos

¿Cómo hacerte saber que siempre hay tiempo?
Que uno tiene que buscarlo y dárselo…
Que nadie establece normas, salvo la vida…
Que la vida sin ciertas normas pierde formas…
Que la forma no se pierde con abrirnos…
Que abrirnos no es amar indiscriminadamente…
Que no está prohibido amar…
…
Que la agresión porque sí, hiere mucho…
Que las heridas se cierran…
Que las puertas no deben cerrarse…
Que la mayor puerta es el afecto…
Que los afectos, nos definen…
Que definirse no es remar contra la corriente…
Que no cuanto más fuerte se hace el trazo, más se dibuja…
Que negar palabras, es abrir distancias…
Que encontrarse es muy hermoso…
…
…
Que el por qué de los niños, tiene su por qué…
Que querer saber de alguien, no es sólo curiosidad…
Que saber todo de todos, es curiosidad malsana…
Que nunca está de más agradecer…
Que autodeterminación no es hacer las cosas solo…
Que nadie quiere estar solo…
Que para no estar solo hay que dar…
Que para dar, debemos recibir antes…
Que para que nos den también hay que saber pedir…
Que saber pedir no es regalarse…
Que regalarse en definitiva no es quererse…
Que para que nos quieran debemos demostrar qué somos…
Que para que alguien sea, hay que ayudarlo…
Que ayudar es poder alentar y apoyar…
Que adular no es apoyar…
Que adular es tan pernicioso como dar vuelta la cara…
Que las cosas cara a cara son honestas…
Que nadie es honesto porque no robe…
Que cuando no hay placer en las cosas no se está viviendo…
Que para sentir la vida hay que olvidarse que existe la muerte…
Que se puede estar muerto en vida..
Que se siente con el cuerpo y la mente…
Que con los oídos se escucha…
Que cuesta ser sensible y no herirse…
Que herirse no es desangrarse…
Que para no ser heridos levantamos muros…
Que sería mejor construir puentes…
Que sobre ellos se van a la otra orilla y nadie vuelve…
Que volver no implica retroceder…
Que retroceder también puede ser avanzar…
Que no por mucho avanzar se amanece más cerca del sol…
¿Cómo hacerte saber que nadie establece normas, salvo la vida?

Mario Benedetti

martes, 11 de febrero de 2014

El Martillo





A Dorys y Luis, mis padres

Pensando en mi amiga D.


Desde hace tres días la imagen de un martillo  me persigue. No puedo dejar de pensar en  ese objeto tan lejano y remoto a mi quehacer. Les contaré como empezó esta especie de fijación y las reflexiones que me ha suscitado.

Gracias al riesgo que algún empresario nacional decidiera tomar y a las maravillas de la tecnología digital, uno de los teatros de Cali en donde usualmente se presentan películas comerciales, transmite los sábados a mediodía las funciones de la Temporada de Ópera que se originan en el Metropolitan Opera House de New York. La experiencia es genial y estimula todos los sentidos. La pantalla de alta definición y un excelente sonido permite apreciar las proezas, casi imposibles del canto lírico. Sopranos, tenores y barítonos despliegan la más amplia y sofisticada  gama de su técnica vocal, interpretativa y artística. Se  recrean historias: dramáticas unas veces, cómicas otras,  de crítica social o de  cuentos de hadas. Integran las soberbias producciones artistas de primera línea, una orquesta magnífica,  vestuarios de lujo,  el maquillaje y la utilería que logran la personificación y el detalle. Todo, en el marco de una asombrosa escenografía.



Una  las   ventajas que tiene el ver estas producciones en el teatro de cine en Cali y no en el teatro de Opera de New York reside en que, entre acto y acto, durante los intermedios,  las cámaras muestran al público lejano lo que sucede  del telón  hacia adentro. En la función de hace tres días era imposible no admirar como, en el breve lapso de 15 minutos,  por obra, gracia, pericia y precisión de técnicos y carpinteros, el hogar de hogar de ninfas fantásticas, un espeso bosque nocturno y el lago que escondía en sus profundidades  al duende del agua, se trasformaba  en el palacio esplendoroso y fulgurante del príncipe enamorado. Más sorprendente aún, apreciar cómo, para  el último acto y en otros cronometrados 15 minutos, el palacio desaparecía para dar lugar nuevamente  al bosque encantado. ¡Allí apareció el martillo!







En efecto, la herramienta por excelencia en este montaje y des-montaje (¿?) de escenarios es el martillo. Y por primera vez me di cuenta que de los muchos,  o pocos martillos que haya podido ver en mi vida, ya sea en acción o depositados en alguna mesa o silla, solamente había visto su mitad más promocionada. La parte del martillo que sirve para clavar. La que golpea fuerte, la que asegura estabilidad, la que por su acción construye y fija formas y estructuras.

Inevitablemente pensé en mi padre. El, ingeniero de profesión, tenía el don de armar y construir cosas. Su caja de herramientas,  aquella en donde el martillo y su hermano mellizo el destornillador no podían faltar (además, por supuesto, de montón de llaves inglesas y de otras nacionalidades, tuercas y tornillos de todos los tamaños), era una especie de  caja mágica que  resolvía los mil y un  problemas de reparaciones domésticas, repisas faltantes  o estantes necesarios que mi madre le solicitara.  Siempre dispuesto y  hábil, mi padre entonces hacía gala de sus destrezas.  

Gracias al martillo de mi padre,  atestigüé en mi niñez el despliegue de todos estos artilugios  de construcción y fijación. Creo que desde esa época solo vi ‘esa mitad’ del martillo. La que propicia una cierta inmutabilidad. No sé por qué, la idea de que un clavo martillado en un punto preciso de la pared es eterno e inamovible, quedó también fija  en mí. Vista así, esa herramienta sólo afianza, hace persistir, incrusta. Es tal vez de allí que proviene la expresión que usamos en el lenguaje cotidiano para hacer referencia a la insistencia y a una cierta terquedad: otro martillar, ya no el producido por el instrumento sino por la expresión de la palabra.





Pero hace tres días, al ver la velocidad de acción de los técnico y carpinteros para transformar  la escenografía en  la Opera,  al producirse la metamorfosis vertiginosa del ambiente, de repente vi ‘la otra mitad’ del martillo. La que sirve para desclavar. La que los conocedores llaman la uña y se usa para remover lo que parecía  hasta no hace mucho inamovible. No pude evitar pensar que el martillo, ese martillo con su doble función, es también un símbolo y metáfora de una cierta actitud frente a las cosas, frente a la vida. Todo depende qué parte del martillo usamos o preferimos usar. La que busca permanencia e inmutabilidad, o la que desarma para dar lugar a nuevas formas, cambio y variación.

A pesar de que pareciéramos centrar la atención solo en la parte del martillo que fija y da permanencia,  éste es todo y uno cuando también vemos la parte que promete transformación  y cambio. Al final, en el flujo constante que es la vida, todo cambia. Como dice la canción.




Todo Cambia
Cambia lo superficial
Cambia también lo profundo
Cambia el modo de pensar
Cambia todo en este mundo

Cambia el clima con los años
Cambia el pastor su rebaño
Y así como todo cambia
Que yo cambie no es extraño

Cambia el más fino brillante
De mano en mano su brillo
Cambia el nido el pajarillo
Cambia el sentir un amante

Cambia el rumbo el caminante
Aunque esto le cause daño
Y así como todo cambia
Que yo cambie no es extraño

Cambia, todo cambia
Cambia, todo cambia


Cambia el sol en su carrera
Cuando la noche subsiste
Cambia la planta y se viste
De verde en la primavera

Cambia el pelaje la fiera
Cambia el cabello el anciano
Y así como todo cambia
Que yo cambie no es extraño

Pero no cambia mi amor
Por mas lejos que me encuentre
Ni el recuerdo ni el dolor
De mi tierra y de mi gente

Y lo que cambió ayer
Tendrá que cambiar mañana
Así como cambio yo
En esta tierra lejana

                                                                             (Julio Numhauser)





domingo, 25 de agosto de 2013

La importancia de un Café



Pensando en Y.B.D, J-M.L y J.R.CH.
Quienes mucho han conversado en un
Café


Hace ya más de dos décadas llegó a mis oídos, como un rumor en medio del tumulto, el nombre de dos Cafés muy importante en Paris, El Café de Flore y Les Deux Magots. En aquella época, de ellos solo supe que eran lugares de encuentro de intelectuales, artistas y turistas. También supe que, por alguna razón que no comprendí bien ni me interesó comprender, algunos de mis amigos preferían reunirse en el Café de Cluny. Conversaban, hacían planes y proyectos grandiosos y sobre todo consolidaban su amistad.

En 2006, en camino a un evento académico, pasé por Paris y quise que mis pies buscaran sus pasos en  lugares recorridos dos décadas antes, pero también que siguieran  los de aquellas regiones que, por una u otra razón, se habían quedado solo en el deseo y en  el recuerdo de los  rumores. Descubrí destellos de la maravillosa ciudad y en el recorrido, también me descubrí. Las estrechas  callejuelas, el concierto de órgano solo para mí en una pequeña iglesia del Barrio Latino y por fin… El Café de Flore. Sin saber con exactitud donde me encontraba excepto por el recuerdo de aquellos rumores de antaño, me senté allí a tomar un café y a ver pasar el bullicio de la  vida  parisina por cerca de tres horas sin que nadie me molestara.


Foto: Karem Sánchez de Roldán

El recuerdo sereno y feliz  de esas horas allí  pasadas hace poco me llevó de nuevo a ese lugar de la ciudad. Esta vez, de manera intencional y planeada, me informé sobre la historia de estos Cafés  y me maravillé  al saber lo importante que puede ser un Café. En  el Café de Flore y Les  Deux Magot largas horas pasaron Guillome Apolinaire, Lous Aragon,   André Gide, Picasso, Jean Paul Sartre, Simone de Beauvoir, Hemingway, Truman Capote, Lawrence Durell y Ernesto Sábato, entre muchos otros. Se dice que, durante la segunda Guerra Mundial y la ocupación alemana de Pari, Sartre escribió "Durante cuatro años, los caminos del Flore fueron para mí los caminos de la libertad". Por alguna extraña razón los nazis no se aproximaron al lugar. Hoy, ambos cafés continúan entregando anualmente premios literarios a jóvenes talentos bajo la guía de jurados prestigiosos. Estos dos cafés y muchos otros en Paris (y seguramente en otras ciudades) siguen vivos y cumpliendo un  importante papel como espacios de socialización y de promoción de la cultura.



Foto: Karem Sánchez de Roldán


Guardadas las proporciones recordé, también como un rumor en medio del tumulto,  la misma aureola de importancia que rodeaba en Cali al Café de los Turcos. Un lugar emblemático de la ciudad,  punto de encuentro, conversación y tertulia  de escritores, poetas y políticos. No en ese contexto, sino más bien en el de almuerzo dominguero familiar varias veces estuve con mi esposo e hijos  en El  Café de los Turcos. Era encantador. Creo que íbamos buscando las huellas  perdidas de un antepasado no lejano del que nos hubiera gustado conocer más.  Según supimos, en décadas ya  idas frecuentaba  el lugar. Ese tácito deseo de encontrar parte de raíces nos movía.   Creo también que íbamos buscando las fragancias, aromas y sabores de platos que nos transportaban con  el recuerdo a la atmósfera de las tierras sagradas de Haifa, Akka y Bahji hacia donde el corazón y un poderoso  vínculo espiritual nos dirige.





El ritual comenzaba con el jugo de mandarina, luego los platos fuertes. Todavía recuerdo la cara de asombro del mesero cuando le solicitábamos lo que él llamaba ‘esa sopa fría’: yogurt  con cocombro pimienta y sal  que en el menú aparecía como ‘sopa árabe’. Con ella nos deleitamos así como con el humus y la berenjena,  el tabulé y otras delicias de platos de la cocina levantina.  Como postre, esperábamos la llegada de los greibis y baklawas, guardados en grandes frascos de vidrio con tapa blanca que reposaban sobre un escaparate antiguo cerca del mostrador principal. Y por supuesto, no podía faltar el espeso café árabe.

Desde nuestra mesa, siempre la misma a la derecha y cerca de la ventana que daba a la calle, veíamos tanto el  decorado general, sencillo y algo anticuado a mis ojos,  y  a los demás comensales y visitantes: algunas familias como nosotros, otros, políticos,  intelectuales, académicos, ‘gente de la cultura’.  Todo le concedía al lugar esa atmósfera mágica que emana de la conversación profunda, de los proyectos por realizar, de los planes por afinar, del proyecto de historia, novela o poesía hacia el futuro. Se conversaba, se discutía, se argumentaba… se soñaba en medio de los aromas del café y a su propio ritmo.






En aras de la renovación urbana, El Café de los Turco, ya no existe más. Hace un mes largo fue demolido. Vi las imágenes de su destrucción que circulan por internet. Simultáneo con el sonido del estallido mortal, sentí un nudo en la garganta. Como cuando fallece un ser querido. No solo era un lugar especial de encuentro el que desaparecía. Era el símbolo de una forma de estar y un  tempo el que se acababa. ¿Podrán  Starbucks y Juan Valdéz reemplazarlo? No lo sé, sin embargo, sigo pensando en la importancia de un Café.





En un Café

A veces me metía en un café 
acompañado de mi soledad
y quería pensar y no pensaba
porque en la esquina del tumulto ajeno
me convocaba algún silencio simple
uno es tan único que no consigue 
ser como otros y menos no sernos
 levantamos y desmoronamos 
con los recuerdos o con los despistes
mirarse adentro puede tener gracia
y también puede convertirse en duelo
nos conocemos tan precariamente 
que respiramos y eso nos asombra
el corazón aporta sus latidos 
y los sentimos con un ritmo ajeno
es cierto / me metía en un café
y los otros pasaban y pasaban
pero no me dejaban ni un vistazo 
para que lo escondiera en mi guarida

Mario Benedetti
Testigo   de uno mismo



jueves, 7 de marzo de 2013

Entre el ruido y el silencio

La experiencia de los  contrastes,  en la cual el sonido es protagonista ya sea por su ausencia  o su presencia es, por decir lo menos, asombrosa. Después de pasar cuatro años en un lugar en donde el silencio es rey, regreso a donde reina el ruido.

En donde me encontraba, los gritos ya fueran de  alegría o de enojo, están tácitamente  vedados. Se consideran agresión. Pitar, o sonar la bocina del automóvil, sólo se hace en caso de extrema urgencia, de lo contrario, el autor se hace acreedor a una cuantiosa multa. Escuchar música individualmente, requiere el uso de audífonos. Nadie escucha los gustos musicales del vecino. En los trenes existe el vagón del silencio, identificados con una gran S. Allí está prohibido hablar con los compañeros de viaje, hacer uso del teléfono móvil o producir cualquier tipo de ruido molesto, so pena de  hacerse acreedor al llamado de atención de quienes controlar el tren. Se aprecia el silencio. Se exige.
  En donde estoy ahora, pareciera suceder  lo contrario. Se aprecia el ruido.

Los automóviles pitan antes de  la milésima de segundo existente entre el momento en que el semáforo cambia de amarillo a rojo. Pitan para saludar, pitan para alabar la belleza de la linda  chica que pasa caminando, pitan para insultar, pitan para pedir permiso para cometer una falta de tránsito con la anuencia de todos los demás  conductores que, más tarde o más temprano cometerán la misma falta, es la costumbre. Pitan para anunciar que llegaron, pitan para avisar que se van.
La música, en toda su enorme variedad (vallenato, salsa, reggaeton, balada, rock y cualquier que usted pueda imaginar), las más de las  veces a ensordecedores volúmenes, es protagonista omnipresente: en  los buses, en las taxis, en los carros particulares, en los supermercados, en los centros comerciales. Y cuando no es música, entonces  son los programas radiales o televisivos  que difunden desde lo baladí hasta lo trascendente. Desde el más reciente escándalo del actor de moda hasta  la noticia internacional del último minuto. Eso sí, sin faltar en algún momento la narración emotiva y exuberante del partido del futbol del momento y, luego, el interminable análisis del encuentro,  de la acción de cada uno de los jugadores y, por supuesto, de la estrategia del director técnico, También sorprende la simultaneidad de los sonidos. La radio, la televisión, el teléfono móvil, los videojuegos, todo a la vez. Se aborrece el silencio.

Más allá de los contextos,  las historias y  las diferencias culturales, estas divergencias y sus implicaciones plantean interrogantes. ¿Por qué, a toda costa, parece que quisiéramos escapar del silencio? ¿Por qué el miedo ante la ausencia del sonido? ¿Es el bullicio una forma de eludir lo que no se quiere enfrentar?
La verdad, no lo sé. Cada uno  puede encontrar sus propias respuestas. De pronto se detesta el silencio por su frecuente asociación con la enfermedad, la tristeza y la muerte. Se le invoca en los momentos de angustia y desconsuelo. En el hospital, a la hora de visitar  enfermos se encuentra la señal que  pide silencio. En el funeral se impone el silencio, a lo más, el susurro.

El ruido distrae y llama los sentidos  hacia la fuente del sonido y su emisión. Nos desvía de nosotros mismos, nos vierte hacia el exterior. Impide pensar.
El silencio es necesario. Invita a la reflexión,  a la meditación, a la introspección, al encuentro con el ser interior y su estado. Allí donde se es lo que se es, sin velos ni ocultamientos.

Entre el ruido y el silencio se encuentra universos de posibilidades para el crecimiento espiritual, la creatividad y el desarrollo personal. El tema no es nuevo. Ya en el siglo XVI, Fray Luis de León, luchando contra sus propias pasiones y en búsqueda del apartamiento de las tentaciones del mundo, en uno de sus más bellos poemas acuñó la expresión que aún hoy llega hasta nosotros a veces fuera de su contexto: ‘el mundanal ruido’. Aquí los versos sugerentes del  poema:

Vida retirada

¡Qué descansada vida
la del que huye el mundanal ruido
y sigue la escondida
senda por donde han ido
los pocos sabios que en el mundo han sido!

Fray Luis de León

Ruido y silencio han sido temas para los poetas de todos los tiempos. Para la muestra este bello poema de Octavio Paz, en donde tal vez se encierran claves certeras para resolver esa tensión permanente, esa contradicción ineludible entre el ruido y el silencio. Escuchemos al poeta:

Silencio

 Así como del fondo de la música
brota una nota
que mientras vibra crece y se adelgaza
hasta que en otra música enmudece,
brota del fondo del silencio
otro silencio, aguda torre, espada,
y sube y crece y nos suspende
y mientras sube caen
recuerdos, esperanzas,
las pequeñas mentiras y las grandes,
y queremos gritar y en la garganta
se desvanece el grito:
desembocamos al silencio
en donde los silencios enmudecen.

Octavio Paz