Rodin

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Foto Karem Sánchez Noviembre 2015

martes, 11 de febrero de 2014

El Martillo





A Dorys y Luis, mis padres

Pensando en mi amiga D.


Desde hace tres días la imagen de un martillo  me persigue. No puedo dejar de pensar en  ese objeto tan lejano y remoto a mi quehacer. Les contaré como empezó esta especie de fijación y las reflexiones que me ha suscitado.

Gracias al riesgo que algún empresario nacional decidiera tomar y a las maravillas de la tecnología digital, uno de los teatros de Cali en donde usualmente se presentan películas comerciales, transmite los sábados a mediodía las funciones de la Temporada de Ópera que se originan en el Metropolitan Opera House de New York. La experiencia es genial y estimula todos los sentidos. La pantalla de alta definición y un excelente sonido permite apreciar las proezas, casi imposibles del canto lírico. Sopranos, tenores y barítonos despliegan la más amplia y sofisticada  gama de su técnica vocal, interpretativa y artística. Se  recrean historias: dramáticas unas veces, cómicas otras,  de crítica social o de  cuentos de hadas. Integran las soberbias producciones artistas de primera línea, una orquesta magnífica,  vestuarios de lujo,  el maquillaje y la utilería que logran la personificación y el detalle. Todo, en el marco de una asombrosa escenografía.



Una  las   ventajas que tiene el ver estas producciones en el teatro de cine en Cali y no en el teatro de Opera de New York reside en que, entre acto y acto, durante los intermedios,  las cámaras muestran al público lejano lo que sucede  del telón  hacia adentro. En la función de hace tres días era imposible no admirar como, en el breve lapso de 15 minutos,  por obra, gracia, pericia y precisión de técnicos y carpinteros, el hogar de hogar de ninfas fantásticas, un espeso bosque nocturno y el lago que escondía en sus profundidades  al duende del agua, se trasformaba  en el palacio esplendoroso y fulgurante del príncipe enamorado. Más sorprendente aún, apreciar cómo, para  el último acto y en otros cronometrados 15 minutos, el palacio desaparecía para dar lugar nuevamente  al bosque encantado. ¡Allí apareció el martillo!







En efecto, la herramienta por excelencia en este montaje y des-montaje (¿?) de escenarios es el martillo. Y por primera vez me di cuenta que de los muchos,  o pocos martillos que haya podido ver en mi vida, ya sea en acción o depositados en alguna mesa o silla, solamente había visto su mitad más promocionada. La parte del martillo que sirve para clavar. La que golpea fuerte, la que asegura estabilidad, la que por su acción construye y fija formas y estructuras.

Inevitablemente pensé en mi padre. El, ingeniero de profesión, tenía el don de armar y construir cosas. Su caja de herramientas,  aquella en donde el martillo y su hermano mellizo el destornillador no podían faltar (además, por supuesto, de montón de llaves inglesas y de otras nacionalidades, tuercas y tornillos de todos los tamaños), era una especie de  caja mágica que  resolvía los mil y un  problemas de reparaciones domésticas, repisas faltantes  o estantes necesarios que mi madre le solicitara.  Siempre dispuesto y  hábil, mi padre entonces hacía gala de sus destrezas.  

Gracias al martillo de mi padre,  atestigüé en mi niñez el despliegue de todos estos artilugios  de construcción y fijación. Creo que desde esa época solo vi ‘esa mitad’ del martillo. La que propicia una cierta inmutabilidad. No sé por qué, la idea de que un clavo martillado en un punto preciso de la pared es eterno e inamovible, quedó también fija  en mí. Vista así, esa herramienta sólo afianza, hace persistir, incrusta. Es tal vez de allí que proviene la expresión que usamos en el lenguaje cotidiano para hacer referencia a la insistencia y a una cierta terquedad: otro martillar, ya no el producido por el instrumento sino por la expresión de la palabra.





Pero hace tres días, al ver la velocidad de acción de los técnico y carpinteros para transformar  la escenografía en  la Opera,  al producirse la metamorfosis vertiginosa del ambiente, de repente vi ‘la otra mitad’ del martillo. La que sirve para desclavar. La que los conocedores llaman la uña y se usa para remover lo que parecía  hasta no hace mucho inamovible. No pude evitar pensar que el martillo, ese martillo con su doble función, es también un símbolo y metáfora de una cierta actitud frente a las cosas, frente a la vida. Todo depende qué parte del martillo usamos o preferimos usar. La que busca permanencia e inmutabilidad, o la que desarma para dar lugar a nuevas formas, cambio y variación.

A pesar de que pareciéramos centrar la atención solo en la parte del martillo que fija y da permanencia,  éste es todo y uno cuando también vemos la parte que promete transformación  y cambio. Al final, en el flujo constante que es la vida, todo cambia. Como dice la canción.




Todo Cambia
Cambia lo superficial
Cambia también lo profundo
Cambia el modo de pensar
Cambia todo en este mundo

Cambia el clima con los años
Cambia el pastor su rebaño
Y así como todo cambia
Que yo cambie no es extraño

Cambia el más fino brillante
De mano en mano su brillo
Cambia el nido el pajarillo
Cambia el sentir un amante

Cambia el rumbo el caminante
Aunque esto le cause daño
Y así como todo cambia
Que yo cambie no es extraño

Cambia, todo cambia
Cambia, todo cambia


Cambia el sol en su carrera
Cuando la noche subsiste
Cambia la planta y se viste
De verde en la primavera

Cambia el pelaje la fiera
Cambia el cabello el anciano
Y así como todo cambia
Que yo cambie no es extraño

Pero no cambia mi amor
Por mas lejos que me encuentre
Ni el recuerdo ni el dolor
De mi tierra y de mi gente

Y lo que cambió ayer
Tendrá que cambiar mañana
Así como cambio yo
En esta tierra lejana

                                                                             (Julio Numhauser)





domingo, 25 de agosto de 2013

La importancia de un Café



Pensando en Y.B.D, J-M.L y J.R.CH.
Quienes mucho han conversado en un
Café


Hace ya más de dos décadas llegó a mis oídos, como un rumor en medio del tumulto, el nombre de dos Cafés muy importante en Paris, El Café de Flore y Les Deux Magots. En aquella época, de ellos solo supe que eran lugares de encuentro de intelectuales, artistas y turistas. También supe que, por alguna razón que no comprendí bien ni me interesó comprender, algunos de mis amigos preferían reunirse en el Café de Cluny. Conversaban, hacían planes y proyectos grandiosos y sobre todo consolidaban su amistad.

En 2006, en camino a un evento académico, pasé por Paris y quise que mis pies buscaran sus pasos en  lugares recorridos dos décadas antes, pero también que siguieran  los de aquellas regiones que, por una u otra razón, se habían quedado solo en el deseo y en  el recuerdo de los  rumores. Descubrí destellos de la maravillosa ciudad y en el recorrido, también me descubrí. Las estrechas  callejuelas, el concierto de órgano solo para mí en una pequeña iglesia del Barrio Latino y por fin… El Café de Flore. Sin saber con exactitud donde me encontraba excepto por el recuerdo de aquellos rumores de antaño, me senté allí a tomar un café y a ver pasar el bullicio de la  vida  parisina por cerca de tres horas sin que nadie me molestara.


Foto: Karem Sánchez de Roldán

El recuerdo sereno y feliz  de esas horas allí  pasadas hace poco me llevó de nuevo a ese lugar de la ciudad. Esta vez, de manera intencional y planeada, me informé sobre la historia de estos Cafés  y me maravillé  al saber lo importante que puede ser un Café. En  el Café de Flore y Les  Deux Magot largas horas pasaron Guillome Apolinaire, Lous Aragon,   André Gide, Picasso, Jean Paul Sartre, Simone de Beauvoir, Hemingway, Truman Capote, Lawrence Durell y Ernesto Sábato, entre muchos otros. Se dice que, durante la segunda Guerra Mundial y la ocupación alemana de Pari, Sartre escribió "Durante cuatro años, los caminos del Flore fueron para mí los caminos de la libertad". Por alguna extraña razón los nazis no se aproximaron al lugar. Hoy, ambos cafés continúan entregando anualmente premios literarios a jóvenes talentos bajo la guía de jurados prestigiosos. Estos dos cafés y muchos otros en Paris (y seguramente en otras ciudades) siguen vivos y cumpliendo un  importante papel como espacios de socialización y de promoción de la cultura.



Foto: Karem Sánchez de Roldán


Guardadas las proporciones recordé, también como un rumor en medio del tumulto,  la misma aureola de importancia que rodeaba en Cali al Café de los Turcos. Un lugar emblemático de la ciudad,  punto de encuentro, conversación y tertulia  de escritores, poetas y políticos. No en ese contexto, sino más bien en el de almuerzo dominguero familiar varias veces estuve con mi esposo e hijos  en El  Café de los Turcos. Era encantador. Creo que íbamos buscando las huellas  perdidas de un antepasado no lejano del que nos hubiera gustado conocer más.  Según supimos, en décadas ya  idas frecuentaba  el lugar. Ese tácito deseo de encontrar parte de raíces nos movía.   Creo también que íbamos buscando las fragancias, aromas y sabores de platos que nos transportaban con  el recuerdo a la atmósfera de las tierras sagradas de Haifa, Akka y Bahji hacia donde el corazón y un poderoso  vínculo espiritual nos dirige.





El ritual comenzaba con el jugo de mandarina, luego los platos fuertes. Todavía recuerdo la cara de asombro del mesero cuando le solicitábamos lo que él llamaba ‘esa sopa fría’: yogurt  con cocombro pimienta y sal  que en el menú aparecía como ‘sopa árabe’. Con ella nos deleitamos así como con el humus y la berenjena,  el tabulé y otras delicias de platos de la cocina levantina.  Como postre, esperábamos la llegada de los greibis y baklawas, guardados en grandes frascos de vidrio con tapa blanca que reposaban sobre un escaparate antiguo cerca del mostrador principal. Y por supuesto, no podía faltar el espeso café árabe.

Desde nuestra mesa, siempre la misma a la derecha y cerca de la ventana que daba a la calle, veíamos tanto el  decorado general, sencillo y algo anticuado a mis ojos,  y  a los demás comensales y visitantes: algunas familias como nosotros, otros, políticos,  intelectuales, académicos, ‘gente de la cultura’.  Todo le concedía al lugar esa atmósfera mágica que emana de la conversación profunda, de los proyectos por realizar, de los planes por afinar, del proyecto de historia, novela o poesía hacia el futuro. Se conversaba, se discutía, se argumentaba… se soñaba en medio de los aromas del café y a su propio ritmo.






En aras de la renovación urbana, El Café de los Turco, ya no existe más. Hace un mes largo fue demolido. Vi las imágenes de su destrucción que circulan por internet. Simultáneo con el sonido del estallido mortal, sentí un nudo en la garganta. Como cuando fallece un ser querido. No solo era un lugar especial de encuentro el que desaparecía. Era el símbolo de una forma de estar y un  tempo el que se acababa. ¿Podrán  Starbucks y Juan Valdéz reemplazarlo? No lo sé, sin embargo, sigo pensando en la importancia de un Café.





En un Café

A veces me metía en un café 
acompañado de mi soledad
y quería pensar y no pensaba
porque en la esquina del tumulto ajeno
me convocaba algún silencio simple
uno es tan único que no consigue 
ser como otros y menos no sernos
 levantamos y desmoronamos 
con los recuerdos o con los despistes
mirarse adentro puede tener gracia
y también puede convertirse en duelo
nos conocemos tan precariamente 
que respiramos y eso nos asombra
el corazón aporta sus latidos 
y los sentimos con un ritmo ajeno
es cierto / me metía en un café
y los otros pasaban y pasaban
pero no me dejaban ni un vistazo 
para que lo escondiera en mi guarida

Mario Benedetti
Testigo   de uno mismo



jueves, 7 de marzo de 2013

Entre el ruido y el silencio

La experiencia de los  contrastes,  en la cual el sonido es protagonista ya sea por su ausencia  o su presencia es, por decir lo menos, asombrosa. Después de pasar cuatro años en un lugar en donde el silencio es rey, regreso a donde reina el ruido.

En donde me encontraba, los gritos ya fueran de  alegría o de enojo, están tácitamente  vedados. Se consideran agresión. Pitar, o sonar la bocina del automóvil, sólo se hace en caso de extrema urgencia, de lo contrario, el autor se hace acreedor a una cuantiosa multa. Escuchar música individualmente, requiere el uso de audífonos. Nadie escucha los gustos musicales del vecino. En los trenes existe el vagón del silencio, identificados con una gran S. Allí está prohibido hablar con los compañeros de viaje, hacer uso del teléfono móvil o producir cualquier tipo de ruido molesto, so pena de  hacerse acreedor al llamado de atención de quienes controlar el tren. Se aprecia el silencio. Se exige.
  En donde estoy ahora, pareciera suceder  lo contrario. Se aprecia el ruido.

Los automóviles pitan antes de  la milésima de segundo existente entre el momento en que el semáforo cambia de amarillo a rojo. Pitan para saludar, pitan para alabar la belleza de la linda  chica que pasa caminando, pitan para insultar, pitan para pedir permiso para cometer una falta de tránsito con la anuencia de todos los demás  conductores que, más tarde o más temprano cometerán la misma falta, es la costumbre. Pitan para anunciar que llegaron, pitan para avisar que se van.
La música, en toda su enorme variedad (vallenato, salsa, reggaeton, balada, rock y cualquier que usted pueda imaginar), las más de las  veces a ensordecedores volúmenes, es protagonista omnipresente: en  los buses, en las taxis, en los carros particulares, en los supermercados, en los centros comerciales. Y cuando no es música, entonces  son los programas radiales o televisivos  que difunden desde lo baladí hasta lo trascendente. Desde el más reciente escándalo del actor de moda hasta  la noticia internacional del último minuto. Eso sí, sin faltar en algún momento la narración emotiva y exuberante del partido del futbol del momento y, luego, el interminable análisis del encuentro,  de la acción de cada uno de los jugadores y, por supuesto, de la estrategia del director técnico, También sorprende la simultaneidad de los sonidos. La radio, la televisión, el teléfono móvil, los videojuegos, todo a la vez. Se aborrece el silencio.

Más allá de los contextos,  las historias y  las diferencias culturales, estas divergencias y sus implicaciones plantean interrogantes. ¿Por qué, a toda costa, parece que quisiéramos escapar del silencio? ¿Por qué el miedo ante la ausencia del sonido? ¿Es el bullicio una forma de eludir lo que no se quiere enfrentar?
La verdad, no lo sé. Cada uno  puede encontrar sus propias respuestas. De pronto se detesta el silencio por su frecuente asociación con la enfermedad, la tristeza y la muerte. Se le invoca en los momentos de angustia y desconsuelo. En el hospital, a la hora de visitar  enfermos se encuentra la señal que  pide silencio. En el funeral se impone el silencio, a lo más, el susurro.

El ruido distrae y llama los sentidos  hacia la fuente del sonido y su emisión. Nos desvía de nosotros mismos, nos vierte hacia el exterior. Impide pensar.
El silencio es necesario. Invita a la reflexión,  a la meditación, a la introspección, al encuentro con el ser interior y su estado. Allí donde se es lo que se es, sin velos ni ocultamientos.

Entre el ruido y el silencio se encuentra universos de posibilidades para el crecimiento espiritual, la creatividad y el desarrollo personal. El tema no es nuevo. Ya en el siglo XVI, Fray Luis de León, luchando contra sus propias pasiones y en búsqueda del apartamiento de las tentaciones del mundo, en uno de sus más bellos poemas acuñó la expresión que aún hoy llega hasta nosotros a veces fuera de su contexto: ‘el mundanal ruido’. Aquí los versos sugerentes del  poema:

Vida retirada

¡Qué descansada vida
la del que huye el mundanal ruido
y sigue la escondida
senda por donde han ido
los pocos sabios que en el mundo han sido!

Fray Luis de León

Ruido y silencio han sido temas para los poetas de todos los tiempos. Para la muestra este bello poema de Octavio Paz, en donde tal vez se encierran claves certeras para resolver esa tensión permanente, esa contradicción ineludible entre el ruido y el silencio. Escuchemos al poeta:

Silencio

 Así como del fondo de la música
brota una nota
que mientras vibra crece y se adelgaza
hasta que en otra música enmudece,
brota del fondo del silencio
otro silencio, aguda torre, espada,
y sube y crece y nos suspende
y mientras sube caen
recuerdos, esperanzas,
las pequeñas mentiras y las grandes,
y queremos gritar y en la garganta
se desvanece el grito:
desembocamos al silencio
en donde los silencios enmudecen.

Octavio Paz

sábado, 6 de octubre de 2012

Aguante y Resistencia


Para Sonia


Han pasado ya varios meses. La vida sigue corriendo con sus altas y sus bajas y el mundo sigue dando sus vueltas. Nosotros en él. No había vuelto a escribir en este blog pues buena parte de mi energía y tiempo los dedico a la redacción de mi tesis doctoral,  uno de los puntos finales de un proyecto que inicié hace ya cuatro años y del cual he obtenido grandes aprendizajes de toda naturaleza.

Entre los meses de enero y septiembre de 2012   he escuchado en dos contextos diferentes una palabra en inglés que resuena con fuerza en mis oídos: stamina. Si bien he escuchado en ocasiones pronunciar la versión castellanizada de esta palabra como estámina, varios diccionarios consultados me indican que en este idioma no existe el término. En su lugar: aguante, resistencia, fortaleza o vigor para resistir pesos, impulsos, trabajos, son las palabras que mejor evocan en español la stamina en inglés.

Hoy quiero referirme a las dos ocasiones en las cuales he escuchado esta expresión que hoy es objeto de mi reflexión.

La primera. Los estudiantes doctorales del Instituto en donde me encuentro recibimos con anticipación la invitación para asistir, el 13 de Abril de 2012,  a la defensa pública de la tesis doctoral de Lucienne Maas.  No la conocía de antemano. Nunca interactué con ella. Sin embargo, las circunstancias  especiales en  la programación de este evento llamaron a la solidaridad de todos para acompañarla en este momento especial. Lucieene se encontraba en la fase terminal de un cáncer agresivo que le auguraba con certeza pocos meses de vida. Con la tranquilidad que seguramente brinda el saber la inminencia de la muerte y  lo fútil de esta existencia material, realizó una brillante defensa doctoral. Imagino que el comité evaluador tuvo que hacer un esfuerzo especial para abstraerse de las dramáticas circunstancias que todos presenciábamos sobrecogidos, para interrogarla con el rigor que estos ritos académicos requieren. Como es costumbre en Holanda, una vez entregado el diploma y ser llamada por primera vez y con legitimidad  doctora Lucienne, su director de tesis, con un temple de ánimo extraordinario, dijo un discurso en honor de su estudiante en donde, además de describir el camino académico e intelectual, hizo explícita referencia a la condición de su enfermedad. Especialmente alabo su stamina. Casi tres meses después, el 28 de Julio de 2012, recibimos la noticia de que Lucienne había fallecido.

La segunda. En mi propio proceso doctoral me guían y dan consejo una profesora y un profesor, ambos holandeses. En Junio de este año, cuando  el ritual de las vacaciones se imponía a lo largo y ancho de las tierras europeas en virtud de los cálidos meses del verano,  al saber que yo seguiría trabajando de seguido para avanzar en mi tesis, mi profesor, dándome palabras de aliento (bastante que se necesitan…) me envió un correo electrónico deseándome  mucha inspiración y stamina’. ¿Qué era lo que me estaba deseando tan necesario como la inspiración? Desde ese momento no me deja de rondar la expresión.

En qué consistía esa cualidad por la cual Lucienne fue reconocida y admirada en su defensa pública y a la cual mi profesor invocaba como clave para el avance de mi trabajo. ¿Tienen algo en común estas dos situaciones que admiten el uso de esta palabra? En el caso de mi compañera creo que lo fundamental fue su aguante y resistencia ante la adversidad de tan devastadora enfermedad, para terminar una actividad de tanto valor. Ya no eran importantes las promesas del futuro académico y profesional que encierra la obtención de estos títulos. Lo importante era terminar lo comenzado. Terminarlo bien, con decoro e integridad. Tal vez una de sus  acciones más  valientes y comprometidas en este plano material de la existencia.

En mi caso, creo que el profesor invoca el aguante y la resistencia que debo tener  cuando llegan los momentos de cansancio y  desfallecimiento,  la horrible agonía de la tentación, de ninguna manera posible, de abandonar la tarea comenzada. Seguir, seguir a pesar de todo, seguir hasta terminar en lo máximo del esfuerzo, es el único camino.

Sé que más tarde o más temprano terminaré este proyecto. Pero también sé que otros vendrán con requerimientos de aguante y resistencias similares o mayores. Si no fuera así ¿Qué sentido tendría nuestra existencia? Tratar de dar lo más y lo mejor de sí, de ser posible aportando un grano de arena ante los múltiples desafíos de nuestra sociedad. He allí el valor de la stamina.

Y he aquí la voz del poeta que acompaña  en la lucha y en  el camino.

 

No te rindas

Mario Benedetti
 
No te rindas, aun estas a tiempo
de alcanzar y comenzar de nuevo,
aceptar tus sombras, enterrar tus miedos,
liberar el lastre, retomar el vuelo.
No te rindas que la vida es eso,
continuar el viaje,
perseguir tus sueños,
destrabar el tiempo,
correr los escombros y destapar el cielo.

No te rindas, por favor no cedas,
aunque el frio queme,
aunque el miedo muerda,
aunque el sol se esconda y se calle el viento,
aun hay fuego en tu alma,
aun hay vida en tus sueños,
porque la vida es tuya y tuyo tambien el deseo,
porque lo has querido y porque te quiero.
Porque existe el vino y el amor, es cierto,
porque no hay heridas que no cure el tiempo,
abrir las puertas quitar los cerrojos,
abandonar las murallas que te protegieron.

Vivir la vida y aceptar el reto,
recuperar la risa, ensayar el canto,
bajar la guardia y extender las manos,
desplegar las alas e intentar de nuevo,
celebrar la vida y retomar los cielos,
No te rindas por favor no cedas,
aunque el frio queme,
aunque el miedo muerda,
aunque el sol se ponga y se calle el viento,
aun hay fuego en tu alma,
aun hay vida en tus sueños,

porque cada dia es un comienzo,
porque esta es la hora y el mejor momento,
porque no estas sola,
porque yo te quiero.

 

 

martes, 17 de enero de 2012

Herme y Elias


Hace dos días nuestro segundo hijo contrajo matrimonio en Valencia, España, con una linda y querida chica española. Cómo se conocieron y cómo decidieron casarse se entiende en buena parte gracias a que ambos  comparten principios y creencias espirituales los que les inspiran y animan para orientar sus vidas al servicio de la humanidad y de contribuir en la construcción de un mundo mejor. Con la certeza de que el matrimonio no es solo la unión de dos seres que se aman, sino también la unión de dos familias, tanto él como ella solicitaron el permiso de sus padres y madres para dar este paso trascendental en sus vidas. Los padres de la novia y nosotros dimos el consentimiento que dio lugar a una bella ceremonia civil en el Ayuntamiento de Liria, y a una aún  más bella y espiritual ceremonia bahá’i en la Escuela Bahá’i de Liria. Les deseamos lo mejor para una vida en pareja plena de amor,  alegrías, desafíos y oportunidades. ¡Para ellos, un buen futuro!

No quiero entrar en detalles respecto al matrimonio de nuestro  hijo. Quiero, en cambio, evocar a Herme y Elias, madre y padre de la novia. Ambos nacidos y criados en la entrañas de la España profunda.  En el breve tiempo que hemos podido compartir, además de brindarnos una amistad sincera y afectuosa colmada de una extraordinaria hospitalidad la cual  hemos recibido como un verdadero honor y privilegio, nos han abierto la puerta de su casa, su corazón y su patria y nos han dejado asomar a un universo cultural rico en tradiciones, emociones y pasiones.

Hablamos castellano, pero los kilómetros de océano que nos han separado por centurias, le asignan significados diferentes a las palabras. Herme va a ‘fregar’ cuando quiere lavar los platos y hacer los oficios de la cocina. Yo la ‘friego’ cuando la fastidio al querer lavar los platos en los que se sirven copiosas cenas y deliciosos manjares preparados por ella. Nos propone salir a ‘cazar gambusinos’ cuando quiere jugar una broma inocente. Las horas de alimentación y sus nombres son otro rompecabezas: El almuerzo es entre el desayuno y la comida, la comida es el almuerzo, la  merienda son nuestras ‘onces’ y la cena es nuestra comida solo que hacia las 10 de la noche. Nos confundimos mientras aprendemos lo que significan las cosas para cada una y encontramos el sentido y el significado que nos permite comunicarnos y compartir.  Elias,… el que hace la mejor paella de Valencia, es conocido por todos. Su generosidad es enorme. Sus otras dos hijas y su otro yerno,   tienen corazones solidarios, dispuesto al servicio, y el bienestar de los demás.

Aman su país y su tierra. Recordando a Machado al borde del Mediterráneo  nos mostraron sus  lugares de  esparcimiento, diversión y alegría compartidos  en familia extensa. Y no lejos del mar, vimos las sierras españolas que para mí solo eran  referencia literaria. Valencia y España son ahora realidades  concretas y vivas para mí gracias a Herme,  Elias y su familia.

Junto a ellos y también con Bizhan y Deli, en Luxemburgo, hacemos una gran familia en donde se cruzan tradiciones históricas y familiares que unen a oriente y occidente; antiguos y nuevos continentes. La fuerza del pasado con el impulso del futuro por venir.

 Una vez más he tenido la oportunidad de vivir por experiencia directa que ‘la tierra es un solo país, y la humanidad sus ciudadanos’. Los afectos traspasan fronteras, idiomas y culturas.
Buen  momento para recordar a Antonio Machado


Caminante, son tus huellas
el camino y nada más;
Caminante, no hay camino,
se hace camino al andar.
Al andar se hace el camino,
y al volver la vista atrás
se ve la senda que nunca
se ha de volver a pisar.
Caminante no hay camino
sino estelas en la mar.



(Extracto de Proverbios y cantares (XXIX))








domingo, 4 de diciembre de 2011

Una manzana a la orilla del mar

Existe un camino que desde donde vivo conduce a la orilla del mar. Hoy decidí recorrerlo. Los indicios de la cercanía del invierno son evidentes. Los árboles han perdido sus hojas y las ramas desnudas se levantan hacia el cielo como suplicantes por tiempos más tibios y fructíferos. El camino atraviesa el bosque. Sin cercas ni barreras, sin peligros, los caminantes disfrutan de la naturaleza,  los perros y sus dueños encuentran espacio para jugar, los senderos silenciosos atestiguan  los deportistas que compiten contra ellos mismo. El aire tiene un olor especial, emana de la tierra húmeda repleta de hojas caídas de otoño.

Los sonidos son múltiples. Pájaros distintos  gorjean y emiten sus cantos, los crujidos de las ramas,  los pasos sobre la arenilla del sendero…. El ruido del silencio. El sonido de la naturaleza viva.

A cada paso pienso  cómo, en tiempos de calentamiento global y amenazas ambientales, un mundo cada vez más urbanizado pierde contacto con la naturaleza. O para decirlo con cierta precisión: como individuos hemos perdido en buena medida el contacto con la naturaleza.  Esta se nos aparece ahora, por los medios de comunicación, furiosa y descontrolada: desastres naturales es ahora la expresión.  Lluvias como nunca, inundaciones, huracanes, volcanes a punto de explotar, terremotos…. Solo temor y temor parece  inspirar.

Mientras camino hacia mi destino reflexionó sobre  cómo cada uno de nosotros, tenemos o no tenemos la experiencia de   conectarnos con  la naturaleza y hacernos, uno y todos, parte de ella. Cada vez más hay menos lugar. Cada vez menos hay más cercanía y contacto. Los afanes y las preocupaciones de cada día nos apartan de la posibilidad  de percibir  la  belleza en cualquiera de sus formas, en cualquiera de sus sonidos. ¡No hay tiempo!  Nos privamos de la grandeza y el poder de esta Creación.

Desde lejos ya diviso el mar…. Me estremece  el sonido de su furia. Grandes olas rompen en una enorme playa casi desierta. El frio y el viento han espantado a los paseantes. Sólo unos  poco se atreven. El clima nunca es tan inclemente como para impedir  a sus amantes disfrutar la brisa cargada de sal que despierta y energiza.

El Mar del Norte en diciembre tiene poco parecido al Mar Caribe en cualquier época del año. Pero ambos son mares. El océano que tengo frente a mí, ruge y levanta sus olas movido por la fuerza del viento que es en sí mismo fuente de energía. El cielo gris, se confunde con el agua y las olas plomizas. La fuerza del viento levanta las olas y empuja sus espumas bien adentro en la arena seca, haciéndolas intrusas. Espumas de mar,  volátiles y efímeras.

Unos pocos osados desafían el viento, el frio y el oleaje. Vestidos de negro neopreno se sumergen en las aguas y sienten en su piel y en su cuerpo la  energía poderosa de ese océano. Están en contacto con la naturaleza. El viento los lleva lejos, no tiene miedo. Saben que ese mismo viento los traerá de regreso a lugar seguro. Se sienten libres. Perciben la magnificencia de la inmensidad sin temor alguno… y regresan.

Y yo los veo desde la orilla. Mientras tanto, pienso en mi mar Caribe, azul y resplandeciente. En la suave y cálida brisa que trae las notas de canciones alegres. En los cuerpos de  ropas ligereas que  quieren beberse el sol. Es la misma inmensidad. Es la vibrante energía que nos asombra y por la deberíamos sentir el más profundo respeto y devoción.
.
Mientras se me enfrían las mejillas  por el viento, silbante e  insistente, y siento miles de alfileres de frío en las manos, pienso en esos bosques y esos mares, del norte y del sur: Siento  su potencia, evoco su grandor.  Y mientras mis pensamientos fluyen y mi alma se conecta con esta inmensidad…. Como una manzana a la orilla del mar.

jueves, 20 de octubre de 2011

Cuando el derecho a la educación puede costar la vida

Con toda admiración para A.S

Conocía a A… en el otoño de 2009. Vino  a Holanda para realizar lo que no podía lograr en su país de origen. Obtener un título de posgrado en el campo de su interés. Por ser Bahá’i no tenía acceso a la educación universitaria en Irán. Sus estudios de pregrado los había realizado a distancia,  por correspondencia  e Internet, en una de las   universidades de América del Norte  que habían aceptado emprender esta  labor educativa.

Para A…,  como para muchos otros jóvenes deseosos  de estudiar y se encuentran en sus  mismas circunstancias,   esta fue la única opción disponible de  acceder a la educación superior.  Bajo inimaginables  condiciones restrictivas a las cuales se  sumaron  elevados costos en tiempo y esfuerzo A… tuvo que estudiar y trabajar en su programa académico. Le tomó más del doble del tiempo  de lo que toma a cualquier estudiante en condiciones de relativa  normalidad,   en cualquier institución de educación superior del mundo, para obtener su primer título universitario.

Gracias al apoyo espiritual, moral, emocional y financiero  de su comunidad y de su familia A… emprendió este  nuevo paso en su proceso de formación universitaria movida por el deseo de incrementar sus habilidades y conocimientos los cuales pondría posteriormente al servicio de aquellos que como ella no tenían en su país la posibilidad de asistir a Instituciones de educación superior en razón de sus creencias religiosas.

El mismo día que llegó,  una mañana de finales de  septiembre,  nos encontramos en la puerta principal del Instituto donde yo también hago mis estudios doctorales. No nos conocíamos pero sentimos de inmediato la corriente de afecto que surge del sentido de compartir creencias comunes.  Su rostro reflejaba la ansiedad por lo desconocido.

 Las dificultades para comunicarse en inglés, un idioma en el que no había hablado hasta ahora de manera fluida, no le impidieron sortear la infinidad de obstáculos para instalarse e iniciar en esa etapa de la vida que algunos llaman la edad mediana,   una vida   estudiantil en un sistema al que hasta ese momento no había tenido acceso. Cómodos y amplios salones de clase, profesores internacionales  de las más altas calificaciones cada uno experto en su propio campo,  compañeros de estudios con  los cuales interactuar y  elevadas exigencias académicas que iban más allá de lo hasta ahora había  experimentado.

Durante dos años la vi enfrentar con tesón dificultades de  variada naturaleza: académicas sociales, culturales y quien sabe qué otras más. La vi llorar, desfallecer y nuevamente levantarse para continuar su camino en busca de una Maestría. Sinceramente algunas veces pensé que desfallecería y no lo lograría. Completar todos los requisitos  académicos le tomó seis meses más que a los estudiantes de su promoción. Su empeño decidido,  una constancia a toda prueba y  el apoyo de la  comunidad  Bahá’i que trasciende fronteras y barreras culturales, le permitieron lograr su anhelada meta. Un título de Maestría de una prestigiosa universidad europea.

Ayer nuevamente nos encontramos. Fue un  encuentro de despedida. A… regresa a Irán para cumplir su deber moral y asumir un compromiso con plena conciencia: ser parte de un sistema que supla la necesidad y el derecho básico a la educación universitaria y  contribuir a crear las condiciones para que otros jóvenes Bahá’is iraníes, privados de este derecho fundamental en virtud de sus creencias religiosas,  tengan acceso a la educación  superior.

El regreso de A… a su país, inspirado en estos nobles propósitos, reviste hoy  especial significado. Se produce justamente  pocos días después de que siete educadores Bahá’is, encarcelados en Irán desde Mayo de 2011, recibieran sentencias de prisión de entre cuatro y cinco años por desempeñar actividades relacionadas con la iniciativa comunitaria  informal conocida como  Instituto Bahá’i para la Educación Superior (BIHE, por sus sigla en inglés) en la cual profesores Bahá’is ofrecen sus servicios para enseñar a los miembros jóvenes de la comunidad privados del derecho de asistir a la Universidad (http://news.bahai.org/story/860) .

Hoy veo a A… con ojos distintos a los de hace dos años. Se ve radiante y fortalecida. Sabe que su futuro en Irán estará lleno de dificultades e incertidumbres. Pero está feliz porque sabe que  puede cumplir su cometido. Compartir con sus jóvenes correligionarios una educación de excelente calidad. Algo a lo que todo el mundo debería tener derecho. Sabe que corre peligros pero su coraje la apresta para enfrentarlos.

No puedo más que expresar todo mi respeto, admiración y afecto para A….